La última tarde feliz


El único testigo de aquella tarde sería una vieja polaroid.  Rubén la había encontrado enterrada entre las cajas del trastero la tarde anterior y la rescató metiéndola inmediatamente en la mochila del viaje a la playa.

Esa tarde iban los de siempre: Rubén, Santi y Jaime y su chica Elena. Juntos en el coche con las viejas bromas y el olor del mar entrando por la ventanilla, tentándoles con miles de promesas de diversión y salitre.  No era un día especialmente soleado, algo ventoso incluso, pero daba igual. No necesitaban el sol.

Cuando llegaron a la playa no había nadie. Santi salió corriendo hacia el agua, lanzando la ropa por el camino gritando “¡Esto es Esparta!” Antes de lanzarse a las olas como se lanzaba hacia todo, de cabeza, retando a la propia naturaleza si hacía falta para pasárselo bien. La cámara le muestra así, saliendo de las olas como si el mar fuera suyo; o saltando encima de Jaime para hacerle rodar por el suelo en esa camaradería tan suya. Esa que hace que después de tres días sin hablarse el problema se solucione con un ¡ey!, una palmada en la espalda y los ojos en blanco de Elena.

Elena y Rubén les observan desde la cámara. Hasta que Santi se la arrebata con un – “Joder tío, al menos quítate el abrigo, ya me ocupo yo de este trasto”.

Hay una foto de Elena y Jaime a contraluz. Con el pelo rojo de ella que parece casi negro revuelto alrededor de su rostro y esas pecas que no se ven, pero que Rubén sabe que estaban ahí. Jaime la abraza por detrás. No se ve en la foto, queda en sombras, pero sonríen. Con la sal del mar en el pelo, el agua en los pies, jóvenes e inmortales por el momento, sonríen.

La cámara en manos de Jaime se enamoró de Elena. La muestra con el pelo en la cara, intentando retirárselo con las manos y sólo se ven sus ojos, mirando fijamente a la cámara. Unos ojos que sabían que todo era perfecto. Rubén guardaría esa foto en lo más profundo de la caja durante muchos años. Cuando la sacó, el color sepia había velado el verde de los ojos de Elena y era más fácil mirarla. Mucho más fácil.

Santi sólo hizo una foto esa tarde. En ella se ve a Rubén, con sus manos de pianista sujetando un cigarro que parece hacer equilibrio en sus dedos, a punto de caer, y el abrigo tapándole medio rostro. Rubén conoció esa foto más tarde, cuando tuvo que recoger las cosas de Santi, escondida en un libro de páginas desgastadas y esquinas dobladas en lo más alto de la estantería.

La última foto fue una de grupo. Se pelearon para conseguir que la polaroid se quedase quieta en el capó del coche. Jaime aparece medio caído en el suelo en su intento por llegar a tiempo a la foto. Elena, medio agachada, intenta levantarle, con el pelo cayendo en cascada y ocultando su expresión. La carcajada de Santi fue tan grande que, si pones atención, aún se oye su eco rebotando en la imagen. Y Rubén les mira, igual que mira la foto, que ya ha perdido el color, antes de cerrar la caja de latón oxidado y guardarla junto a un libro viejo y de puntas dobladas en lo más alto de la estantería.

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2 comentarios

Archivado bajo creación propia

2 Respuestas a “La última tarde feliz

  1. El Angeloso

    Muy hermoso relato. Lo mejor, el final.

  2. Isabel

    A mí tb me gusta el final. Pero lo que más la hermosa cadencia de las palabras que parecen desgranarse suavemente una a una.

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