Cuando el rosa dejó de ser rosa y todo mejoró


A Miri, por que siempre intenta darle color a las cosas.

Érase una vez, una princesa… rosa. Muy rosa. A la princesa esto ni le gustaba ni le disgustaba porque, en fin, su reino era rosa y cuando solo conoces un color no es que puedas comparar mucho. Así que la princesa era razonablemente feliz en su mundo monocromo.

Pero ser razonablemente feliz, no es que sea suficiente para una princesa. Al menos para la nuestra. Nuestra princesa se aburría. Mucho. Las otras princesas eran sosas, y los príncipes aburridos y nunca le dejaban comerse entero el tarro de galletas de fresa. Así que como nuestra princesa era un poco caprichosa (sólo un poco, lo justo para que no se rumorease que no era una princesa como los cuentos mandan) decidió irse de viaje por su mundo rosa (y no era una exageración, los montes eran rosas, los pájaros también y hasta la gente tenía un tono rosáceo muy saludable).

Entonces tenemos a una protagonista viajera, muy viajera, sus acompañantes de camino (todos esos seres tan rositas) aseguran que es “demasiado” viajera. No debe ser bueno alejarse tanto del castillo. Caminó tanto que llegó a los confines de su reino…. Y se quedó muy confusa… nuestra princesa se restregó una y otra vez los ojos por si se le había metido una mota de polvo. Pero no, aquello que había delante de sus ojos ( atención que esto es muy importante): No. Era. Rosa.

Puede que os parezca una tontería pero cuando uno no conoce otra cosa más que el rosa, ver algo que no lo es como mínimo resulta…perturbador. Pero nuestra princesa no se amilana, se arremanga las enaguas (rosas) y se adentra en ese color tan raro porque “Oh, vamos, no está tan mal”.

Y la princesa anduvo y anduvo. Hasta que le dolieron los pies (rosas). Y se le rompieron las enaguas (rosas), y le dio sed (pero esa no era rosa porque la sed no tiene color sólo es molesta y horrible). Y vio un lago. Y el agua de ese color era realmente bonita. Con esos brillos. Nuestra princesa como era bastante lista hizo la cuenta: sed + agua= problema resuelto.

La princesa le preguntó a un pajarito del lago que cómo se llamaba ese extraño color, porque las cosas tienen que tener un nombre. El pajarito le guiñó un ojo, gorjeó un poquito y le dijo que se era el reino del azul, donde no hay princesas porque los príncipes se quieren entre ellos (de hecho el color viene de uno de los príncipes que le llaman príncipe Azul porque es eso.. bastante azul; también le dijo que al otro príncipe le llaman encantador, pero el pajarito no entendía porqué porque una vez le pidió unas miguitas de pan y no le dio así que no le resultaba nada encantador).

A la princesa le pareció fascinante eso de los dos príncipes, y después de beber agua corrió a contárselo a sus acompañantes (rosas) que la miraron asombrados (porque la princesa ya no era tan rosa). Y es que había ocurrido una cosa muy extraña, el color azul del lago… sumado al color rosa de la princesa había dado lugar a otro color. La gente más tarde lo llamó lila.

Y aunque la princesa siguió viajando mucho (en el país del verde conoció a un sapo que cantaba baladas country sobre una rana “con un croar que te cortaba el respirar”; y en el país rojo descubrió que los leones ronronean cuando les rascan detrás de la oreja… sólo hay que procurar llegar de una pieza al lado de la oreja) nunca volvió a mezclar colores porque le gustaba su color.

Así la princesa rosa, fue una princesa lila en un mundo que ya no era tan rosa (la rana country se mudó con ella y cantaban grandes baladas sobre el amor de los príncipes y de las ranas). No se sabe si con su nuevo color la princesa quitó la palabra “razonablemente” de delante de su “razonablemente feliz”, pero esta narradora prefiere pensar que sí.

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2 comentarios

Archivado bajo creación propia

2 Respuestas a “Cuando el rosa dejó de ser rosa y todo mejoró

  1. Muy, muy bueno. Enhorabuena Raquel.

  2. mariasun

    Con este nos estamos divirtiendo un rato.
    Felicidades por tu talento, y gracias por compartirlo.

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