¡Soy una croqueta!


Daniel no recuerda ir muchas veces a la playa. Dos o tres veces más a lo sumo. Tampoco es que le importe mucho. No le gusta demasiado. Toda esa arena es bastante incómoda. Por el otro lado hay chicas en bikini. En fin que se siente un tanto ambiguo hacia la playa.

Su hermano Samuel adora la playa. Solía ir con Jésica, antes de romper… Siempre que le pedía que le diese crema en la espalda exclamaba “¡Pero si no llego, gigante! Admítelo, te regaban cuando eras pequeño”. Luego Sam se reía e intentaba cuadrar en alguna toalla que siempre se le quedaba pequeña.

La primera vez que fueron a la playa fue poco después de morir mama. Sam tenía cinco años, y Daniel había estado de morros durante todo el trayecto (pero no dijo nada, porque si papá decía que le tenían que esperar en la playa, bueno, por algo sería ¿no?). Cuando llegaron allí Sam salió corriendo hacia al agua y Dani se quedó a escuchar las instrucciones de su padre: no dejes que le pase nada, no dejes que se meta muy profundo, cuida de tu hermano Daniel, eso es lo único que tienes que hacer, cuidar de tu hermano.

Para cuando se quisieron dar cuenta Sam había regresado corriendo, empapado, cubierto de agua y de arena y con los ojos brillantes de excitación.

-¡Dani, Dani! ¡Mira! ¡¡¡¡Soy una croqueta!!!!

Esa fue de las pocas veces que Dani vio a su padre reírse a carcajadas. La primera desde lo de mamá. Quizá la playa no estuviese tan mal después de todo.

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