Nunca escuches a espejos parlantes


Erase una vez un reino que tenía un castillo, y en ese castillo vivía una pareja de reyes que hacía mucho tiempo que querían tener un hijo y no habían podido hasta que de pronto la reina se quedó embarazada de una niña  (lo que todo el mundo sabía y el rey no es que esa hija realmente era del capitán de la guardia, porque si hubieran tenido que esperar a que el rey engendrase un heredero, bueno…seguirían sentados esperando).

Pero no es ese castillo lo que nos interesa en este cuento, ni tampoco el nacimiento de su princesa. Así que bajaremos por la calle principal, pasaremos de largo el barrio de los nobles porque esos barrios solo dan pie a historias de caballerías y nosotros estamos buscando un cuento. Pasamos de largo por el barrio de la burguesía, porque no queremos un drama de enredos amorosos y traiciones por dinero. Mejor salgamos de la ciudad, donde las ratas corretean y esa niña está llorando sobre la rueda de tejer porque su padre decidió decirle al rey que podía convertir la paja en hilos de oro, donde los duendecillos esconden calderos de oro debajo del barro y las heces de caballo porque a nadie se le ocurriría buscar oro en un lugar  tan miserable. Entremos en esa cabaña destartalada, con goteras y con el techo medio derruido donde acaba de nacer una niña que, para qué os voy a mentir, es sencillamente preciosa. Es ahí donde comienza nuestro cuento, no es muy glamuroso pero es un comienzo al fin de al cabo.

Esta niña tenía un nombre, pero yo como Cervantes y ni quiero, ni puedo, acordarme de él. Tampoco es importante para nuestra historia. Lo que como lector debes saber es que la niña fue creciendo y poco a poco fue convirtiéndose en la belleza local, Mary y su corderito palidecían de envidia cada vez que la veían pasar. Era una belleza de cuento de esas que quitan la respiración y enamoran a príncipes y reyes. Sus padres vieron en ello la manera de salir de la pobreza. Compraron un vestido bonito, le pusieron unos tirabuzones y la presentaron al concurso de belleza más importante de la comarca el de “Miss manzana jugosa”. Ganó.

Ganó giras promocionando las mejores manzanas en 15 millas a la redonda, de feria en feria siempre sonriente y vigilando que ninguna arruga estropease su fuente de ingresos. Se hizo famosa, firmó autógrafos, tenía admiradores por doquier… y un rey viudo bastante mayor que ella y, porque no decirlo, bastante más pervertido también se fijó en ella. Vio su vida resuelta y en menos de dos semanas ya era la flamante reina de un país y la madrastra de una mocosa bastante llorona. Se dio cuenta de que no iba  a pasar más hambre, no mientras el rey siguiese deseándola, iba a tener poder y por fin se había librado de la larga sombra de sus padres. Pero estaba sola y el paso de la edad seguía asustándola sobremanera. Ella sólo era un rostro hermoso y una piel perfecta ¿Cómo iba sobrevivir cuando eso se fuese?

Para solucionarlo consiguió llamar a su amiga de la infancia (que no les gustaba nada a sus padres porque, bueno, a los padres no les suelen gustar las amigas que visten de negro, tienen cuervos como mascotas, van a ir a una escuela de magia y a cuyo mote es “Maléfica” o “la Mala”, son manías raras de esas que tienen los padres desde el principio de los tiempos). La habitación de la ex Miss Manzana jugosa, ahora reina, continuó rodeada de pócimas en la habitación, cubierta de velos cuando salía a los actos públicos. Cada vez más hermosa, cada vez más sola, cada vez más asustada, cada vez con más espejos en la habitación que traía Maléfica siempre con un “A ver si con este te convences de lo hermosa que eres, la más hermosa del reino”. Tanto lo repitió Maléfica que la reina no hacía más que esperar todos los días a su nuevo espejo, espejos mágicos que no sólo reflejaban sino que retenían la imagen de la reina en el momento en que se miraba al espejo. Y la voz de su amiga invariable “la más hermosa de todas”. Cuando pasó a decírselo con caricias no lo tiene ninguna de las dos muy claro, y no soy yo quién para averiguarlo. Y de las caricias a los besos a escondidas no hubo más que un suspiro, un susurro “la más hermosa de todas” entrando en espirales por el oído de la reina y calentándole el corazón.

Por varios años fue feliz con ese susurro intermitente. Mientras su hijastra crecía. Un día el susurro cambió… y el resto es historia.

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1 comentario

Archivado bajo creación propia

Una respuesta a “Nunca escuches a espejos parlantes

  1. ¡¡¡¡Qué bueno!!! Sin más. Muy grande. Me encanta como huye de lo tópico pero también hace referencia a lo clásico y cómo unes realidad (autógrafos) con fantasía (magía, espejos) y cómo es un cuento, pero no un cuento de hadas. Magnífico

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