Tensión


Tensión: 1.situación de oposición o de hostilidad no manifiesta abiertamente entre personas o entre grupos humanos.2.Estado emocional caracterizado por la excitación, la impaciencia o la exaltación.

1936. En Madrid da miedo encender una cerilla. Por si explota todo. Se hace como que no se ve, pero es imposible no hacerlo. Es imposible no darse cuenta de que cada vez hay más ataques. Un día un anarquista muerto y entre susurros “Han sido los falangistas”. Otro día un falangista y de lugar en lugar se oye el mismo murmullo “los rojos”. Es imposible no notarlo, a no ser que estés especialmente entrenado para no notar esas cosas. Ese es el caso de la familia Guerrero. Al menos de su madre. ¿Qué hay un muerto anarquista? “No tendrá nada que ver, es que últimamente hay mucha delincuencia no se puede andar tranquila por la calle.”

Dña. Almudena de Guerrero estaba perfectamente acostumbrada a moverse en esa difusa línea. No ver lo que no interesa, no oír los gritos a medianoche. Miguel siempre ha tenido eso muy claro. Hay cosas que le puede pedir a su madre y cosas que no. La conciencia social es una de esas cosas que no puedes pedirle. Ni siquiera es como su hermano. Es decir, Alfonso no podría ser lo más opuesto a él (al menos en la mente, porque como eran gemelos ya estaba bastante harto de oír a medio Madrid diciendo, mírales si es que son como dos gotas de agua), pero al menos tiene ideas. Buenas o malas, pero ideas al fin de al cabo. Su madre ni siquiera eso, le sacaba de quicio el que no viese lo que se estaba acercando.

Así que Miguel se siente bastante estúpido esa tarde. Ahí, vestido de domingo. Con la corbata amenazando con dejarle sin aire. Su hermano le mira y le otorga una media sonrisa. Alfonso siempre ha sabido que odia las corbatas, seguro que disfruta viéndole convertido en lo que él llama un “pequeño burgués sin cerebro”, tanto meterte con ellos Miguel y mírate ahora, hacia la Iglesia, con tu madre del brazo y con corbata. Vas a ser el orgullo del sindicato. Pero es el aniversario de la muerte de su padre, y aunque él piense que no sirve de nada, no va quitarle eso a su madre.

Nunca le han gustado las iglesias. No por nada en especial, ni por cinismo. No es que piense como muchos en el sindicato que la Iglesia es una de las grandes culpables de todo lo malo que pasa en el país. Es cierto que no ayuda mucho. Pero no es por eso que no le gustan. Es porque te sientes pequeño. Con las vidrieras y el silencio gritándote: ¡Culpable! Te sientes pequeño y como si el mundo te cayese de golpe sobre los hombros. Pecado y culpa parecen palabras vacías cuando sales fuera de ellas, pero cuando entras dentro adquieren proporciones gigantescas.

Miguel se remueve en el banco, no puede soportar la elegía que el cura le dirige a su padre. Por cómo habla de él parece el peor de los pecadores en vez del mejor de los padres. Pero su madre cada vez se aferra más fuerte al rosario y Miguel sólo suspira.

Cuando acaba la misa Miguel mira a su hermano y éste asiente. Toma a su madre del brazo y “vamos mamá ya no hay nada que hacer aquí” una mirada consternada de su madre y otra socarrona de su hermano se dirigen al retiro “vamos mamá, el azúcar de la limonada te vendrá bien”.

Es curioso, el Retiro siempre permanece inalterable. Es como si quisiese hacer honor a su nombre y no dejase que los malos augurios salgan de las bocas. Aún así se nota. La gente se mira recelosa y la conversación política se evita educadamente. Como si en la entrada hubiese un cartel: no pisar el césped, no hablar de religión, respete los monumentos, no hablar de política.

Así que en el Retiro todo son conversaciones sobre la última película que estrenaron en los cines y lo bella que era la última diva que había creado Hollywood.

-Tenemos que ir a visitar a Doña Gertrudis para agradecerle la visita del otro día

-Sí, mamá.

-Además así habláis con Paquita y Consuelo, que siempre me preguntan por vosotros.

Perfecto, el mundo yéndose al carajo y nosotros visitando a Consuelo, Paquita y Gertrudis.

-Sí, mamá.

Desde que tienen uso de razón, su madre está convencida de que acabarán casándose con Consuelo y Paquita (quién se case con quién es lo de menos) y hace todo lo que está en sus manos para que esto sea así. Esto les hace mucha gracia, tanto a Miguel como a Alfonso, porque lo que su madre no sabe que no tiene nada que hacer. Si Miguel pensase casarse alguna vez, algo que no piensa hacer porque no piensa pisar una Iglesia voluntariamente si puede evitarlo, no sería ni con Paquita ni con Consuelo, ya tiene claro con quien sería. Y Alfonso también tiene muy claro con quien va a casarse, y tampoco la elegida pertenece al tándem ganador de su madre. Lo que ya no les hace tanta gracia es que han ido los dos a elegir a la misma.

Mirada desafiante, rizos imposibles, nariz respingona y una boca carnosa que mucha gente califica de demasiado grande. Es su vecina desde niños y no fue un amor a primera vista, ni un te odio y luego como el amor y el odio están tan cerca no puedo vivir sin ti. Nadie los avisó. Fue despacio. A fuego lento. Miguel un día se fijó en que cuando le miraba por debajo de ese mechón de pelo que siempre se escapaba no sabía decirle que no. Y Alfonso se dio cuenta de que cuando estaba nerviosa se acariciaba con un dedo justo donde la nariz se junta con la mejilla dejando la zona roja y se dejaban de ver sus pecas. Cuando eso pasó supieron que estaban perdidos.

De todas formas asienten, pagan y acompañan a su madre a casa.

******

No es muy recomendable salir de noche estos días. Pero estos días es cuando más se necesita un trago. La tensión, la expectación, la impotencia. Se avecina algo grande y la gente necesita algo que le ayude a ignorar ese sexto sentido que les pone en guardia. Miguel lleva varios días sintiéndose como un animal acorralado que espera que le llegue el golpe pero sin saber por donde le va a llegar. Esa es la razón de que cuando su hermano le lanza el sombrero y el abrigo “anda vamos, que parecemos dos abuelitas” no se lo piense ni medio segundo y le sigua.

Madrid palpita de noche, en las calles principales hermosas damas de labios muy rojos y piel muy banca sonríen del brazo de caballeros que seguramente tengan mujer y cuatro hijos esperándoles en casa. Los estudiantes cantan, o más bien cometen un crimen contra la música, la primera canción que se les ha venido a la cabeza, parecen haber olvidado lo que es una línea recta. Miguel y Alfonso no pueden evitar reírse. Las callejuelas pequeñas, oscuras y gastadas parecen invitar a perderse: Madrid, mestiza, Madrid asustada pero haciéndose la valiente, les da la bienvenida. Beben en la Gran Vía, se chocan con unos estudiantes, cantan agarrándose a cada farola,  invitan a bailar a cada mujer bonita que se cruzan. Se llevan muchos besos y algún que otro bofetón. Cuando la mañana les alcanza, les encuentra delante de Cibeles, agotados frente a un Madrid que nunca ha estado más bonito que durante ese frágil  amanecer.

Se apoyan el uno en el otro, disfrutan del silencio. De pronto, ahí, esperando que la ciudad despierte, el mañana golpea con fuerza en sus pensamientos.

-Se acerca algo gordo ¿verdad?

Alfonso sólo le mira.

-La gente muere en las guerras hermano

“Podríamos morir nosotros” es lo que no le dice.

Alfonso se encoje un poco antes de responder

-No tiene porqué haber una guerra, hermano

No me hagas matarte Miguel, no luchéis.

Cuando se separan el uno del otro para volver a casa en silencio, Miguel no puede evitar pensar que se están rompiendo demasiadas cosas.

******

-¡A mí un día de estos me matáis de un disgusto!

La voz de su madre bajo los efectos de la resaca es más terrible que nunca. Tan aguda que se mete por los tímpanos dispuesta a taladrarte el cerebro. Alfonso y Miguel no pueden evitar encogerse cada vez que la ven abrir la boca. Pero eso no apiada a Almudena Guerrero, que toma aire para volver una vez más a la carga porque no hay derecho a tener unos hijos de esta edad para que vuelvan borrachos como cubas.  Miguel emite un gemido cuando ve levantarse a su hermano y salir a la calle y susurra un traidor que hace sonreír a su hermano, aunque la sonrisa en seguida se transforma en una mueca de molestia por la resaca ahhhh si, aun hay justicia en el mundo.

Cuando Alfonso se cree libre le para la voz de Carlota en las escaleras.

-¿qué tal va esa resaca?

-Shhhhh. No grites por favor

-Pero si estoy cuchicheando

– Pues cuchichea más bajito por favor.

La chica sonríe burlona, mientras desaparece escaleras arriba con un espera un momento. Y Alfonso espera, aunque si hubiera sabido que esperaba para que le trajese un café con sal… bueno, más bien sal con un poco de café para que nos vamos a engañar. Pero Carlota ya se ha sentado en las escaleras a esperar que se lo tome y Alfonso tiene que bebérselo de un trago.

-Eres cruel

-Y tú un granuja

Con una carcajada Alfonso levanta las manos en símbolo de rendición-

Touché. Una vergüenza para el género masculino eso es lo que soy, tu madre no debería dejarte andar cerca de mí.

– Informaré a mi madre sobre ese sabio consejo. Aunque creo que considera que ya no queda nada que mal influenciar en mi persona.

Lleva la mano a su frente en un gesto teatral y le guiña el ojo.

Actriz, Carlota es actriz. Suficiente para estar condenada.

******

Actriz, artista, de ese gremio de degenerados, meretriz, buscona, cortesana, fresca, cualquiera golfa, desvergonzada, barragana, ligera de cascos… La “L” esa es su letra escarlata, la L de libre, nunca ha tenido en cuenta que es lo que se esperaba de una dama, y nadie, ni siquiera su madre, le ha perdonado dedicarse a ese oficio de los “buenos para nada”.

Pero ella nunca ha sido más libre que subida en un escenario, nunca ha sido más feliz que en esos instantes justo antes de que se levante el telón y ella ya no sea Carlota, esa pobre chica con demasiadas pecas en la cara y demasiado mayor y pobre para ser un buen partido. Ella puede ser la poderosa Mede, la romántica Julieta, la insidiosa celestina, puede ser lista, alta vieja, guapa, fea, eterna. Por eso no le importan. No escucha esos susurros maliciosos. No ve la mirada de compasión que le dirige la madre de Alfonso y Miguel (“Mirala, pobre desgraciada se ha destrozado el futuro), ni la mirada condenatoria de su madre.

*******

Traición. Un sabor amargo le sube por la garganta mientras mira a su hermano enfundado en el uniforme de la falange. Alfonso se ha unido a ellos y Miguel nunca le ha sentido más lejos que en ese momento cuando le ve sentarse en la mesa como si no hubiera pasado nada. De fondo escucha a su madre diciendo lo guapo que está su hijo de uniforme “deberías ser como tu hermano y dejarte de pamplinas, con lo bonitos y elegantes que son los uniformes hijo”.

 

                                               ********

-¿Carlota?

Un ligero movimiento en el escenario en penumbra le indica hacia donde debe encaminar sus pasos. Allí al encuentra, con tizne y tierra en la cara, el pelo extendido  en un mar de rizos de chocolate. Aún vestida con el traje de la función.

-Tuvimos que salir corriendo en medio de la representación.

Bombas.

Le hace un gesto para que se recueste a su lado.  Sabe que quiere decirle algo, así que guarda silencio.

-Siempre vengo aquí. Cuando todo termina. Aquí las guerras son de papel, sabes lo que va a pasar, dónde caerá la bomba, cuando sonará el estruendo, quien morirá, quien te traicionará, y cómo y cuándo terminará todo. Aquí hay finales, Miguel…

Parece que se queda sin voz, la siente romperse en pedacitos. Y Miguel la besa. Con todo lo que tiene y todo lo que le gustaría darle, la besó por todos y cada uno de sus sueños rotos, la besó con el olor a madera impregnándose en su pelo y los aplausos flotando en el recuerdo, con el silencio y el miedo. La besó con todas esas partes de si mismo que ni siquiera sabía que tenía o que ella podía necesitar.

*******

Miguel lee mucho. Alfonso también. Pero siempre ha sido Miguel el que se escapaba a la buhardilla con un libro manoseado de tanto usarlo y pasaba horas y horas leyendo.  Alfonso aún recuerda cuando llegaron a casa un día y se lo encontraron llorando a moco tendido. Miguel tenía 5 años, acababa de aprender a leer y sus padres le habían regalado un libro para celebrarlo. Lo encontraron con el libro en las manos y mirándoles con la misma cara de cuando le castigaban sin chocolate, repitiendo se ha muerto, se ha muerto. A su madre casi le da algo. Y Alfonso no tenía ni idea de que pasaba. El  cadáver  en cuestión había sido la luciérnaga Luci. A Miguel le castigaron por el susto. Alfonso aun se ríe de él por eso.  Nunca suele pensar mucho en aquel incidente, pero ahora echa de menos la risa de Alfonso más que nunca. Ese golpe seco de aire y que le revuelva el pelo diciendo “no tienes remedio enano”. Entre estas cuatro paredes de roca tan frías, mientras le duele todo el cuerpo, con el ojo hinchado y el labio partido, con el recuerdo de su hermano delante de un fusil y del los rizos de Carlota desapareciendo trasla frontera, Miguel necesita que alguien se ría, le revuelva el pelo y le llame enano. Después de un año, Miguel llora.

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