Espejo


Durante largo rato, mi reflejo me mira serio, concentrado. El tiempo se desgrana despacio y con él se lleva mi rostro. Los ojos cada vez más enrojecidos me miran desde el cristal, las sombras de cansancio cada vez más visibles. Las partes se separan, mi rostro se diluye. Ojos, nariz, boca y cuello parecen desligarse. Conviviendo en un rostro que ya no es tal. La boca se abre para coger aire, en una gran bocanada, pero los ojos están demasiado ocupados retando a sus contrarios para no siquiera inmutarse. Cada vez más serios, más rojos, más vacíos.

El pecho de mi reflejo sube y baja con rapidez, sin resuello. Las manos apretadas para no moverse. Y la mirada impertérrita prosigue su particular lucha para no dirigirse al fondo, a la sombra que acecha por el rabillo del ojo. Ese movimiento imperceptible allí en el fondo de la brillante superficie antes de parpadear. Así que no lo hace. Y ya no hay boca, no hay nariz, ni siquiera la respiración inquieta. Sólo unos ojos que no parpadean.

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